La Asociación Abuelas de Plaza de Mayo impulsó desde 1998 la creación del Archivo Biográfico Familiar: se trata de la recomposición de las piezas de un rompecabezas de quienes fueron detenidos y desaparecidos durante la última dictadura cívico militar, para ser contada a sus hijos apropiados en cautiverio. Una experiencia inédita de memoria histórica, familiar y sensorial que avanza en el camino inverso de la destrucción y el negacionismo actual. El carácter íntimo y político del archivo y su resignificación poética a través del teatro.
«Después de la primera noche ya está. Va a ser como si ya nos conociéramos de toda la vida y ahí sí, seguramente entonces sí, nos miraremos a los ojos resacosos de noche de carpa y lavándonos los dientes mientras calentamos el agua para el mate, avivando lo que quedó del fogón, apenas despertándonos, digamos: «Lindo día comienza, ¿no?»”.
Matías Ayastuy dibujó en su mente la escena y el tiempo del encuentro con su hermano durante toda su vida. Matías tenía apenas 11 meses cuando su mamá Marta Bugnone y su papá Jorge Ayastuy fueron secuestrados el 6 de diciembre de 1977 por la última dictadura cívico militar, y desde que tiene memoria busca y espera a un hermano o hermana nacido en cautiverio.
La carta que Matías escribió desde Entre Ríos, donde vive y fue criado por sus tíos tras la desaparición de sus padres, forma parte del Archivo Biográfico Familiar de la familia Ayastuy-Bugnone, le pertenece a Matías y a ese hermano que busca. Pero por un instante, en los días de marzo de memoria, Matías la compartió a todos los que lo escucharon.
Como en el caso de la familia Ayastuy-Bugnone, cada archivo que los equipos de Abuelas de Plaza de Mayo construyeron son la historia íntima de un grupo familiar: la recomposición de las piezas de un rompecabezas de quienes fueron detenidos y desaparecidos, para ser contada a sus hijos apropiados en cautiverio.
Cada caja tiene como destinatarios a los nietos y nietas que las Abuelas aún buscan. Reúne relatos, fotografías y testimonios, escritos y orales, de las vidas de quienes ya no están, para ser preservadas y para garantizar el derecho a la identidad de esos niños, hoy adultos. Una experiencia inédita de memoria que avanza paso a paso en el camino inverso a la destrucción, que trasciende a la genealogía de abuelos, padres y nietos para intentar poner vida, olores y sabores, costumbres, voces, imágenes y anécdotas y para que allí, los nietos y nietas recuperados puedan encontrarse.
Los orígenes
La Asociación Abuelas de Plaza de Mayo impulsó desde 1998 la creación del Archivo Biográfico Familiar que dio los primeros pasos a través de un convenio entre el organismo, la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA) y el Instituto Gino Germani. Desde entonces, con más de 2.300 entrevistas realizadas a familiares, amigos y compañeros de las víctimas de la dictadura, se desarrolla de manera ininterrumpida un trabajo de registro y preservación en el tiempo de esos relatos.
La decisión de las Abuelas nació por necesidades propias, como el paso del tiempo, y de la mano de una demanda: la de los nietos y nietas ya recuperados, así como de los hermanos que buscaban a sus hermanos. Una nueva generación que intentaba encontrar respuestas a sus preguntas.
“¿Quiénes fueron mis padres? ¿Cómo eran? ¿Su voz, su color, su olor? ¿Sus gestos y gustos? ¿Sus enojos, sus sonrisas? ¿A quién me parezco? ¿Su compromiso militante? ¿Cómo me soñaban a mí? ¿Cuánto me querían, cuánto me esperaron? ¿Quién soy desde mis padres? Infinidad, infinitas preguntas sobre el origen de sus orígenes. La pregunta como origen. La identidad en camino y en permanente construcción”, escribe sobre el Archivo y sobre las preguntas Estela de Carlotto, presidenta de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo.
Sobre el final de los 90, Daniela Drucaroff era estudiante de la carrera de Comunicación de la UBA y llegó al proyecto a través de una convocatoria a estudiantes para conformar los equipos de entrevistadores que relevarían testimonios. Dos décadas más tarde, la comunicadora coordina el archivo y remarca el objetivo de “garantizar a esa generación de hermanos y hermanas e hijos el derecho a conocer la historia pase lo que pase”.
Ese fue el punto de partida para tratar de reconstituir una historia a través de “las experiencias, las memorias, las anécdotas y los relatos de vida de los amigos, los compañeros, las familias”, y sintetiza: “Tratábamos de poner en movimiento fotos quietas”.
“¿Pudiste verlo?, nos preguntábamos después de un encuentro con un familiar o amigo, íbamos detrás de lo sensorial, de la forma de moverse de cada una de las personas”, agrega.
Sin embargo, en el camino de búsqueda el terror que vivieron esos padres y madres, y muchos de los que prestaron testimonio, se colaba en los decires. Atravesaba las generaciones.
“Las relatos son un lugar hermoso de la vida compartida, pero traían a muchos el desgarro, a veces las preguntas que humanizaban eran resistidas desde un lugar defensivo y hubo en los inicios quienes tuvieron miedo”, dice Drucaroff y marca las diferentes etapas que fue registrando en su labor de acuerdo al contexto social y político de la Argentina.
“Los cambios de escenario son notorios en el contenido de las entrevistas. Aparecen las cosas de las que se puede hablar, las que no. En los primeros años directamente no se preguntaba por la militancia, son muy diferentes esos relatos que a los del presente”, cuenta.
Llegar a las provincias
La recopilación de testimonios en los primeros años se llevó adelante en el Área Metropolitana de Buenos Aires (Amba), sin embargo, por los primeros 2000 apareció la necesidad de extender el Archivo y sumar a las familias de las provincias.
“Hubo un tiempo en que éramos 40 personas viajando sistemáticamente a todo el país, que volvíamos a Buenos Aires con diez entrevistas por cada uno de los equipos y que teníamos por delante un enorme trabajo”, recuerda la coordinadora sobre esos años previos a la conformación de la Filial Rosario de Abuelas.
Cada relato, testimonio y encuentro con familiares y amigos significaba largas transcripciones, notas vinculadas al contexto sociopolítico de cada caso, y a su vez abrir nuevas puertas, nuevos contactos para seguir avanzando. Tiempo más tarde, eso comenzó a coordinarse directamente desde la ciudad.
Ivan Fina tiene una relación con Abuelas que define “desde siempre” sin poder precisar fechas con certeza. “Mi vínculo con la organización viene familiarmente por la desaparición de mis viejos y sobre todo de mi mamá, embarazada de seis meses”, señala.
Ivan es hijo de Víctor Hugo Fina, asesinado el 10 de agosto de 1976 en Rosario, y de Isabel Ángela Carlucci, desaparecida ese mismo día en Capitán Bermúdez. Allí, el actual coordinador de la Filial Rosario de Abuelas de Plaza de Mayo pasó su infancia y adolescencia junto a su familia materna.
El contacto con la organización, estima fue por el inicio de la década de los 80, cuando las Abuelas iban por el país juntando caso a caso. “En ese momento el que participaba activamente era mi abuelo materno en la búsqueda de mi mamá”, cuenta sobre una búsqueda que luego continuó el hermano menor de Isabel y después él mismo.
El acceso a la historia de sus padres en la familia fue, primero, una construcción propia en esa segunda mitad de los años 90 donde el 30 aniversario del golpe militar marcaba la llegada de la generación de los hijos, la conformación de esa misma organización (Hijos por la Identidad y a Justicia contra el Olvido y el Silencio) por la que tuvo un paso fugaz.
Con el Archivo se vinculó desde todos los aspectos posibles: fue entrevistado en la búsqueda de su hermano o hermana, recibió una copia del Archivo Fina-Carlucci como hijo y cuando la filial Rosario de Abuelas tomó forma se puso al frente de la coordinación para la construcción de otras historias que contar en la ciudad y la zona. Como psicólogo, además, trabajó sobre el Archivo Biográfico de Abuelas en una tesis.
“Cuando Flavia Battistiol (hija de detenidos desaparecidos que busca a su hermana) se acercó a Rosario, contactó a mi abuela y a otras familias para contarles el proyecto del Archivo Biográfico yo que fascinado porque me pareció un modo muy innovador de acercarse al vida de los desaparecidos”, dice a pocos días de la conmemoración del 24 de marzo.
“Ahí donde el ADN es impresionante para dar con la certeza biológica del vínculo y en el campo jurídico como prueba, no lo es el campo subjetivo”, reflexiona Fina y considera que, de múltiples maneras, el Archivo es una herramienta que da respuesta al “abismo” que afrontan los nietas y nietos que recuperan su identidad después de muchos años y que a través del material pueden asirse de esa propia historia robada.
Cuando Flavia Battistiol (hija de detenidos desaparecidos que busca a su hermana) se acercó a Rosario, contactó a mi abuela y a otras familias para contarles el proyecto del Archivo Biográfico yo que fascinado porque me pareció un modo muy innovador de acercarse al vida de los desaparecidos
Pamela Gerosa integra el equipo de Abuelas Rosario y es una de las entrevistadoras en el marco de la confección de cada historia. “El peso que tuvo comenzar el trabajo desde lo local fue importante y dio muchos frutos”, cuenta de su participación desde mediados de los 2000.
En su experiencia el Archivo se transformó para muchos en una puerta. “Hay casos donde esa caja es clave para lograr el acercamiento de les nietes, es la posibilidad de una relación con sus familias de origen y funciona como intermediario en ese vínculo”, dice Gerosa, y remarca que eso lo permite la sensibilidad del material que aloja cada caja: «No es un expediente ni un informe, sino que está construido con testimonios, relatos, audios e historias que permiten ese paso. Para muchos, recibirlo es como recibir el prólogo o el primer capítulo de su vida”.
Para el coordinador de Abuelas Rosario, sucede que “el Archivo les permite a muchos nietos y nietas ubicarse en una cadena familiar, reconstruir artificialmente esa filiación cuando encuentran algo propio en esos relatos”.
A esa posibilidad de reconstrucción familiar se agrega otra, dice Gerosa, que es la de rescatar del olvido relatos que de otro modo no habrían tenido registro en casi 30 años.
“En los testimonios que relevamos se aloja una palabra que hasta ese momento no había encontrado lugar, una palabra que no había sido convocada por la Justicia ni tenía peso testimonial en causas judiciales, una palabra sensible que también es parte de las historias de vida vinculadas al terrorismo de Estado y que si no fueran recuperadas por las organizaciones y por Abuelas a través del Archivo, se perderían”, asegura.
«No es un expediente ni un informe, sino que está construido con testimonios, relatos, audios e historias que permiten ese paso. Para muchos, recibirlo es como recibir el prólogo o el primer capítulo de su vida”
Entre la intimidad y la historia colectiva
La investigadora del Conicet Isabella Cosse abre la conversación retomando una frase de otra investigadora que acaba de escuchar en una conferencia de la que participa en Estados Unidos. “Con el Archivo creamos una nueva imaginación histórica, un nuevo modo de conectar pasado y presente”, dice en un intercambio virtual.
Junto con la antropóloga Carla Villata, también investigadora de Conicet, se acercaron al trabajo de Abuelas de Plaza de Mayo a través de un convenio para colaborar en la valorización de la documentación consolidada hasta el momento y también para hacer lugar a discusiones problemáticas sobre el uso de ese material.
Si bien es nombrado como Archivo y, como remarca Drucaroff, es un trabajo que “reconstruye la historia de una generación y eso le da un valor público”, se trata en cada caso de Archivos familiares íntimos, que sólo pertenecen a quien los recibe.
“Nuestra mirada del archivo supone su carácter político y una de las primeras cosas que aprendimos de las Abuelas fue el valor de la documentación que desde el inicio para la organización fue sustancial en la búsqueda de nietos que no tenían condición legal de existencia y donde la documentación fue clave para legitimación de la búsqueda y de la lucha”, dice la historiadora, a lo que su colega antropóloga agrega “la creatividad” a lo largo de ese camino.
Villata pone en valor además “el modo de entendimiento de la identidad que no es genetizante” que tuvo Abuelas al pensar las restituciones. “Los genes vienen a probar algo que luego se tiene que construir a través de esos relatos, imágenes e incluso con cassettes es que les hacen llegar a los nietos esas voces de su historia”, dice la antropóloga
El punto en esa potencia social y política de reconstruir la historia de una generación reside en las historias íntimas de familias enteras, lo que deja una tensión permanente y debates abiertos respecto del uso de los materiales.
La antropóloga apuesta a miradas “flexibles”, marca la importancia de “no rigidizar” posturas y hace lugar a las cesiones que muchos de los nietos tras recibir su Archivo Familiar hicieron a Teatro por la Identidad: un espacio que desde hace décadas resignifica en clave poética los testimonios cedidos por nietos y encuentra así el camino para llevarlos a los escenarios y hacerlos de todos y todas por un instante.
Fina recibió el archivo y confiesa que tiene menos fotos de las que desearía. “Me encantan, las miro y no las comparto. Sólo seleccioné algunas que cedo para actividades, pero son mías y quiero que sigan siendo mías, íntimas”, admite con la convicción de que eso que Abuelas llama Archivo “es íntimo y eso debe ser reforzado”.
El Archivo tiene un único destinatario que son los nietos y para eso, el relato que habilita la confidencialidad que brindamos a quienes cuentan la historia es diferente al de la entrevista pública: la mejor amiga de esa madre desaparecida le habla a esa hija o hijo, arma un relato que es para ella y es hermoso lo que pasa porque la sitúa en un espacio imaginario, la hace real y eso incluso la deja en un lugar esperanzador frente a la posibilidad concreta de encontrarla
Y es íntimo tanto para los nietos que lo reciben como para quienes les brindan esos relatos de la historia, quienes muchas veces rompieron el silencio para dar su testimonio.
Drucaroff lo pone claramente en palabras al decir que “el Archivo tiene un único destinatario que son los nietos y para eso, el relato que habilita la confidencialidad que brindamos a quienes cuentan la historia es diferente al de la entrevista pública: la mejor amiga de esa madre desaparecida le habla a esa hija o hijo, arma un relato que es para ella y es hermoso lo que pasa porque la sitúa en un espacio imaginario, la hace real y eso incluso la deja en un lugar esperanzador frente a la posibilidad concreta de encontrarla”.
En el mismo sentido, la historiadora de Conicet reafirma la idea: “El Archivo es de todos, pero es de Abuelas y ellas lo crearon para los nietos. Involucra puntos centrales sobre la sensibilidad, los acuerdos de quien cede la documentación y los usos que tiene. Dar la discusión y conversar sobre estas ambivalencias es central y que deben ser conversaciones que se actualizan en cada contexto, sabiendo que los archivos sensibles requieren un cuidado especial”.
Ivan lo pone en sus propios términos: “Hay algo de nuestras historias, de quienes recibimos las marcas del genocidio donde en el aporte social del testimonio lo íntimo se hace público. Y yo creo que está bien que ciertas cosas sigan siendo íntimas”.
La resignificación poética
La transformación poética de los testimonios sucede desde hace dos décadas en cada presentación de Teatro por la Identidad y es allí, sobre el escenario, donde retazos de las historias contadas y de ese inconmensurable trabajo que es el Archivo Biográfico encuentran un lugar para trascender lo íntimo y hacer espacio a lo colectivo.
Claudia Piccinini, actualmente en el área de Artes Escénicas del Museo de la Memoria de Rosario, y Romina Bozzini, actriz, docente y directora de teatro, son patas fundamentales del ciclo que es Rosario debutó en 2006 y que forma parte de la filial local de Abuelas de Plaza de Mayo.
Bozzini indica que para llevar adelante ese trabajo, que es clave en la difusión y también en la educación de nuevas generaciones en la historia reciente, Teatro por la Identidad cuenta desde su creación con un reservorio de testimonios que son parte del Archivo y que fueron cedidos por los nietos para su utilización exclusiva en ese contexto.
“Son materiales que fueron tomados por la dramaturga GIlda Bona y fueron corregidos para ser leídos de manera escénica”, detalló la actriz sobre la resignificación poética que se hizo sobre los relatos.
Así, a lo largo de los años el ciclo se transformó en una herramienta clave de memoria en cada función. Y no sólo frente al público en general, en cada aniversario del 24 de Marzo y en cada propuesta artística, sino también en el trabajo específico que desarrollan con escuelas y estudiantes de secundarios y terciarios.
“Con el paso del tiempo, desde el espacio intentamos aggiornarnos y no quedarnos con los mismos textos porque además el recambio generacional sucede y hay que hacer lugar a toda esa familia que busca: nietos que ya son adultos y hermanos adultos que siguen buscando hermanos y hermanas”, cuenta la actriz y directora sobre el modo en que muchos de ellos, como protagonistas de la historia, suman sus relatos.
Así fueron apareciendo, de a poco, esas voces en primera persona del singular que son la marca de lo que sucedió. “Son voces directas que tienen otro peso ante el público que está frente a la escena”, dice Bozzini.
Esa voz es la de Matías Ayastuy el pasado 14 de marzo en el Centro Cultural Parque España diciendo “Yo soy el hermano que busca”. Una voz que por primera vez hizo pública la carta que le escribió a ese hermano y en la que pone en palabras la escena que imagina desde que tiene memoria: el encuentro. Una escena que al igual que esa caja que recibió y reconstruyó partes de su memoria personal, es íntima. Pero Matías quiso hacerla de todos y todas por un instante, pensándose junto a ese hermano al que espera frente al Río Uruguay cercano a su infancia y abriéndole la puerta a un nuevo y “lindo día que comienza”.